En la vía, iluminada sutilmente por la luna,
permanecías inmóvil, vestida de rosa,
con las espinas aun bañadas en sangre,
en la pena de quienes a ti se acercaron.
Tus labios, que se hacían pétalos,
y que palpitaban en el carmín más profundo,
acompañaban la noche,
como guía para los caminantes solitarios,
como señuelo para atraer tu presa.
Como reflejo de las estrellas,
brillaban tus ojos, y con el viento,
tu mirada se convertía en canto de sirena.
Yo, que supuse el peligro,
me acerqué sin temor,
enceguecido, tal vez,
por el deseo de probar tu belleza,
probé el sabor de tus espinas,
del veneno que otras rosas no tienen,
pero que es la esencia de tu savia.
¡Ay rosa!, bellísima, crudelísima,
debo partir, ahora sé que no debí acercarme,
sé que esperas al próximo caminante,
uno más que se pierda en ti,
que abrace tus espinas,
y entregue su sangre al color de tus labios.
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