Callada, casi inmóvil, envuelta en papel,
aferrada a este como a una última esperanza,
cubierta en sus propias lagrimas, acompañada
por la melodía decadente de su propia voz.
Sus ojos ligeramente abiertos contemplan la distancia,
el vacio en esta, el amanecer que nunca más vera,
las sonrisas convertidas en llanto con la cercanía,
las imágenes borrosas de su oscuro pasado.
Frágil, impotente, como nunca lo había sido,
parece entender que la llegada del sol marca su partir,
escupe unas palabras inaudibles y esboza una sonrisa,
cierra sus ojos para no volverlos a abrir.
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