Presto mi voz al silencio,
a cada verdad oculta en la historia,
a cada razón aplastada por una creencia,
a cada hombre que ha sido callado por pensar.
Presto mis propios ojos,
a quienes no quieren ver lo real,
a quienes han sido enceguecidos por una fe,
a quienes quieren ver que es lo que hay detrás.
Presto mis manos a la muerte,
porque las suyas deben estar cansadas,
porque las suyas fueron corruptas por falsos ideales,
porque las suyas han matado muchas veces la verdad.
Presto mi olfato a la sociedad,
para que huela la podredumbre que la hace,
para que sienta el aroma de miseria que expele,
para que respire la peste de las mentiras, de las deidades.
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